viernes, 25 de noviembre de 2011

Homenaje de Esteban Jaramillo a Juan Carlos Osorio.

Dijo Bilardo, antes del Mundial de México, que a sus jugadores les sugirió comprar un vestido y una sábana. El vestido para regresar campeones a la Argentina y la sábana como precaución por si perdían, y así viajar incógnitos a Arabia. Sin ruido llegó Juan Osorio al Once Caldas. Con él, con ruido, se marcha, dejando huella, vestido, sin sábana. El mejor, sin duda, que ha pisado nuestra tierra. Se aleja con la algarabía de corazones sinceros que saben de gratitud; con el reconcomiendo de un pueblo.

No es común, en estos tiempos de fútbol paranoico, gobernado por resultados, a despecho de las formas elegidas para ganar, que a un entrenador se le dé una grata despedida, con reconocimiento y tristeza por su marcha. El pueblo no le cuestiona públicamente con desprecio, ni lo tritura con la crítica. Tantos que lo antecedieron, contratados por buenos, se marcharon señalados por su incompetencia, por parte de una afición maltratada, cuando los buenos resultados escaseaban.

Osorio armó un equipo ganador y logró el título. Se reinventó cuando las figuras se marcharon. Más adelante, con el paso de los meses, de nuevo los grandes huyeron de la crisis y Osorio miró y encontró soluciones en la despensa: allí estaba el botín, allí estaba el futuro que él mismo había aprobado, el que hoy le da vida competitiva al club, con su marca registrada. Qué lástima que algunos ciegos del micrófono, con cantaletas diarias, le quieran desconocer los méritos y alejar de la selección, donde es válida alternativa. Son los mismos que activos como futbolistas aprendices lo maltrataron, e incapaces buscaron refugio en el pizarrón con flechas y demagogias. Predicadores estos del mal y de broncas eternas; dioses de la palabra hiriente.

Feliz viaje Osorio: cuantas lecciones aprendimos.

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